Antes de leer una sola palabra de una web, ya sé cosas de la empresa que hay detrás. No es magia, ni truco. Es que una web, como una persona, se presenta antes de hablar.
Miro cómo tarda en aparecer. Miro qué deja ver de más, sin querer: una carpeta abierta donde no debería, un aviso que lleva ahí desde hace años, un detalle pequeño que nadie volvió a mirar después de publicarla. No hace falta buscar mucho. Las webs hablan solas, si sabes mirar.
Muchas de las empresas con las que he trabajado no sabían nada de esto hasta que alguien se lo dijo. No porque fueran descuidadas. Porque nadie se lo había dicho nunca con esas palabras: tu web es la primera impresión que da tu empresa, también a quien no tiene buenas intenciones.
Yo no juzgo lo que veo. Lo anoto, y después decido con calma qué merece una llamada y qué puede esperar. Pero hay una cosa que no se me va de la cabeza: cuántas empresas llevan años enseñando, sin saberlo, mucho más de lo que creen.