"Quita ese enlace", me dijeron. Una frase, cuatro palabras, ninguna ambigüedad.

Yo, generosa, decidí que ya que estaba, le pondría también un pequeño candado de seguridad. Un detallito. Nadie me lo había pedido, pero me pareció buena idea — una de esas mejoras que uno hace por su cuenta porque está convencido de que van a ayudar.

Ayudaron tanto que, en medio de una revisión importante, apareció un popup de login que nadie esperaba, delante de gente que tampoco lo esperaba. Pasé el siguiente cuarto de hora deshaciendo, con prisas, exactamente lo que había hecho con tanta ilusión diez minutos antes.

Ahora tengo una regla colgada como un post-it mental: si no me lo han pedido, no lo pongo. Ni que la idea sea buena. Ni que esté segurísima de que va a ayudar. Sobre todo entonces.